viernes, 9 de marzo de 2018

Siempre conmigo




Tu ser precioso dejó de latir y se abrió una brecha que marcó un antes y un después en mi existencia. Dejé atrás una dimensión de nebulosas, para entrar en otra más nítida y auténtica. Ya no había tiempo para seguir impulsos caprichosos, ni para ser una inconsciente, o meter la pata por no prestar atención a los detalles y a lo importante. No estabas tú, y tu ausencia, sellaba un importante compromiso de vida conmigo misma y contigo. Hasta ese momento, es como si no hubiera sido plenamente consciente de la vida y su valor. Y cuando me falta tu preciosa vida junto a la mía, es cuando empiezo a entender.

Y ahora, trato de vivir de acuerdo con todo lo que me enseñaste, sin desperdiciar nada, a sabiendas que hay un sentido en todo, el sentido que una le da. Y trato de vivir cada momento para que te sientas contenta de mí. Me hubiese gustado hacerlo antes, qué duda cabe, para que te beneficiases, para devolverte, ni que fuera un pitufo, de todos los panes que recibí de ti;  pero siempre fui lenta en aprender, ya sabes; y puesto que no lo hice, lo hago ahora y te lo dedico cada día. Además, eso también me lo enseñaste, no sirve de nada lamentarse. Mejor, enmendar si se puede, y continuar; que la vida sigue.

No deja de admirarme de ti cómo podías encarnar tantos valores juntos, y cada uno de ellos a tan alto nivel.  Cómo podía darse tanta calidad en tanta cantidad. Porque lo normal es que uno puede ser bueno, generoso, o puede brillar por su paciencia, por llevar una vida intachable, ser coherente y vivir de acuerdo con sus principios, uno puede ser entusiasta, muy amigo de sus amigos, o muy valiente, perseverante… pero, ¿todo junto? Eso es muy difícil de encontrar. Creo que ni tú misma lo sabías, la magnitud, el alcance de la gran persona que eras. Nos dejaste el listón muy alto, mamá. A todos, muy alto. Y es maravilloso porque creo que es un regalo poder vivir con la memoria de personas tan inspiradoras. Al menos, para mí, mi mejor regalo el tenerte, y que sé que conservaré por siempre. Es alentador, llevarte viva en mí, me da fuerza y energía.

La humanidad que aprendí de ti. Gracias por enseñarme  a respetar al otro, por tu forma de respetar y tratar a las personas. Gracias por enseñarme dignidad, por tu forma de enfrentar la vida, de tratarte, y tratarnos a nosotras, tus hijas.  Y gracias por enseñármelo todo a tu estilo, el de la acción, con el ejemplo. Que como bien decías: “Obras son amores que no buenas razones”; y qué bien se te daba a ti la práctica de este refrán. Con letras de oro te lo ganaste.

Ahora siempre estoy alerta, con los ojos bien abiertos, para que no se me escape ni media. Para vivir cada paso de un modo consciente. Para quererme más, como tú me querías, con todo ese amor de verdad. Porque tu amor me ha hecho ser mejor persona, de eso no me cabe la menor duda. Tu amor me salva.

Dicen por ahí, no hagas las cosas por los otros, hazlas por ti. Y digo yo, mucho de lo que hago, lo hago por ti, para ti, porque te quiero más que a mí misma. Y aunque lo que hago, redunda en mi bien, me beneficia y es bueno, mi inspiración eres tú. Lo hago porque sé que te haría feliz que lo hiciera. Por eso lo hago. Así que gracias, una vez más, mamá, porque al ser como eres, me haces a mí mejor. Esas cualidades de las que te hablaba, tan profundas y firmemente arraigadas, que revolotean con toda su belleza dentro de mí y a mi alrededor, impregnadas de ti. Las personas grandes nunca se van del todo. El halo que dejan permanece, no se extingue ni se apaga. Tu interior estable, tu sosiego, y ese cariño tan grande que te salía por los poros cada vez que nos veías, a mi hermana y a mí, a tus hijas. Que es que era un gusto recogerse junto a ti, dejarse caer con total confianza, siendo plenamente quien se es, porque  plenamente nos amabas y aceptabas. 

Siempre te estaré agradecida por haberme mostrado los caminos para un mejor vivir. El camino del valor y el coraje. Gracias por haberme enseñado a decir siempre la verdad, a no coger lo que no me ha sido dado, a luchar por los sueños de una, a ser honesta con lo que se siente y se piensa. Tu generosidad con todos, tu bondad sin fin.  Y esa fuerza de voluntad, la que te abría caminos, y nos los abría al resto. Nada perezosa, siempre activa. Cuánto me queda por aprender de ti. Qué buena referente en mi vida. No me queda más que ir paso a paso, como tú hacías. Con tu perseverancia, para conseguir con  el esfuerzo recto, con tu trabajo y paciencia todo lo bueno que te propusieras.

Tu confianza en el bien te hacía siempre ir hacia adelante, nunca quedarte atrás, ni hundirte, siempre adelante, con lo que fuera, y tu sonrisa. Aunque cómo no confiar si tú eras el bien, tú eras la luz que se abría paso en la tiniebla. Por muy confusa y oscura que ésta fuera.

Con un corazón así, cómo no, el sentido social y de la justicia, la acción limpia, la conducta correcta. Eso sí, siempre compasiva con los errores del otro. Y es que la humildad era algo natural en ti, y eso te hacía aún más grande. Tu escucha calma, tu percepción amplia de las cosas y de la vida, tu carácter reflexivo, tus opiniones acertadas, tus puntos de vista, claros y sencillos.  Cómo echo de menos esos puntos de vista. Eras una mujer sabia, con una mente práctica y sabia.  

Y tu constante dar. Te gustaba cuidar de todo y de todos. Tus seres queridos, el planeta, la calle donde vivías, el jardín, tu casa, la ropa. A todo le dabas su justo valor, pero todo tenía un valor. Compasiva y solidaria como el agua, como el aire, como la tierra; que no se gasta, que al contrario, que con cada gesto de amor, se agranda más. Tus ganas de hacernos felices, tus ganas de ser feliz.

Inmensa como un cielo, como un mar. Inspiro y me falta el aire al recordar la talla de persona que eres. No te puedo abarcar, y me hace sonreír de alegría.

Qué suerte tan grande la mía, qué inmensa suerte que justo fueras tú.

P.D.: te amo.

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