viernes, 9 de febrero de 2018

Cuaderno de imperfecciones. Imperfección 4

Qué imperfecto el tiempo medido cuando lo empleamos de forma desmedida.

Vivimos tan limitados por el concepto tiempo que nos cuesta experimentarnos fuera de él. Nos hemos acostumbrado a medir cada segundo de nuestra vida. Le hemos atribuido al tiempo una cualidad de machete de la existencia. Y cuando nos vemos inmersos en una experiencia atemporal, nos sentimos raros al romperse el hechizo y salir de ella. Nos queda cierta sensación de angustia, como de haber perdido el tiempo por haber estado más allá de él.

Aprisionamos el tiempo en un aparato minúsculo al que le hemos otorgado un poder inconmensurable. Y ahí está, con su tic-tac, devorándolo todo cual hombrecillo gris salido de las páginas de Momo. Con su cadencia restrictiva, con su latido de segundos. Y uno más, y ahí va otro, y pesa. Se hace denso como la más densa de las materias.



El contrasentido del tiempo, lo que más apreciamos de la vida y lo que más sentido le quita al sentir que nos falta.

Olvidamos que el no tiempo también existe. Lo relegamos a un lugar que visitamos en menos ocasiones de las que nos vendría bien.

Trascender el tiempo, romper el yugo, liberarse de su esclavitud. Instalarse en un presente continuo más a menudo, con una conciencia plena y alerta. En ese “ahora” que es el único tiempo que está fuera del tiempo. Sin referencias de pasado ni de futuro, sin un principio ni un fin.


jueves, 11 de enero de 2018

¿Qué estará mirando Selva?

 Apostada en el alféizar de la ventana del estudio o en el del baño. Recostada en el poyete del ventanal del salón, o alerta sobre la mesilla de noche frente a la ventana del dormitorio.



Dale una ventana a Selva y tendrás a una gata hierática esperando la llegada de las naves de Ulises. Minutos eternos mirando a lontananza, escudriñando los misterios del más allá.

Y yo me pregunto, qué estará mirando Selva.
Por mucho que mire, no consigo ver lo que ella ve.
Por más atención que preste, no acierto a oír ni el más leve chasquido del sinfín de sonidos que ella percibe.

Mi gata husmea el aire y alza la cabeza, intercepta olores que ni siquiera imagino, ¿será un banco de peces dirigiéndose a África? ¿El gato gris que acaba de cruzar la calle, o un nuevo perro residente en el vecindario?

Mueve las orejas de forma extraña. La derecha la inclina ligeramente hacia delante, el pabellón izquierdo lo gira de forma casi imperceptible hacia atrás. La mirada clavada en un punto fijo. Trato de imaginar el rabo de una lagartija que, de un latigazo, ha hecho crujir una hoja seca de hiedra al fondo del jardín, o puede que sea una lombriz abriéndose paso bajo tierra.
Quién sabe.



Mi gata y yo vivimos realidades distintas, y a mí se me escapa la suya.

Sin lograr descifrar ninguna de las cuestiones que me intrigan, vuelvo a la lectura de mi libro, y me conformo con la esfinge de su compañía.

La dejo allí, en su mundo. Un mundo que se sucede en el mismo tiempo y espacio que el mío y que, sin embargo, se presenta tan sutil, tan ajeno y desconocido.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Bocetando en el Caminito del Rey


Conocer el movimiento Sketching como estilo de dibujo hace dos años fue tan revelador como cuando descubrí la técnica de escritura automática hace algunos más.

Aunque ciertos grupos de Urban Sketching siguen unos postulados muy concretos, lo que más me interesa aquí es la esencia de la propuesta. Se trata de dibujar en plan boceto, bosquejo o apunte, y aplicarlo como una técnica en sí misma. Dibujar in situ, al natural, dejándote llevar por la imagen o el paisaje que te inspira y eliges retratar.





Primer cañón. Desfiladero Gaitanejo.

Como en la escritura automática, sobreescritura o fluir de conciencia, uno deja a un lado al censor interior; entre otras cosas, porque no hay tiempo para atenderle. La acción es lo único que cuenta, y cuanto más rápida, mejor. No vale pensar, ni detenerse a observar lo que se está haciendo, y mucho menos, planificar el cómo hacerlo. Se trata de conectar con el lado derecho del cerebro, y darle salida con total libertad y espontaneidad o, al menos, la mayor que uno pueda permitirse.

Lo que más me apasiona de crear es el proceso creativo en sí mismo. Más que el resultado, la construcción de la obra. El impulso, la llamada insistente que surge desde ese lugar incierto y profundo que nos lleva a abrir el ordenador y a teclear con frenesí, o a coger un lápiz, un lienzo y pinturas, o lo que cada uno prefiera. 

Vivir lo que podríamos llamar el arrebato creativo. Conectar con esa fuerza primitiva que es la creación y bailar con ella es una de las experiencias más excitantes del acto de crear. Al menos, en mi caso, es cuando más viva me siento. Creación en estado puro.





Segundo cañón. El Tajo de las Palomas. El Valle del Hoyo. Buitres leonados.

Rendirse a la experiencia vital de navegar con el hemisferio derecho del cerebro, disfrutar de esas corrientes de aire, de esos rápidos, de esos saltos que se generan, permitiendo que la energía circule sin oponer resistencia. 

Dibujar sin ser meticulosa, dejando que el cuerpo respire y respirando con el cuerpo. Dibujar como quien canta porque le gusta cantar, sin detenerse a pensar si lo hace bien o lo hace mal. Lo hace por el placer de hacerlo y ya.

Soy una gran defensora del “sé feliz creando”, del disfrutar mientras sucede, y dejar que suceda de verdad. No siempre es fácil. A veces, nuestra mente genera obstáculos, creencias falsas que, lejos de ayudarnos en el proceso, nos limitan y estancan. El Sketching puede ser un buen recurso para soltarse a dibujar, igual que la escritura automática para ponerse a escribir.

Ya habrá tiempo después de pulir, dar forma, corregir y todo lo demás. Dar paso al hemisferio izquierdo y dejar que actúe con todas sus magníficas funciones y habilidades. Lo que ocurre es que, en muchas ocasiones, el izquierdo se quiere hacer con la hegemonía del proceso creativo desde el principio, y es entonces cuando vamos mal.




Cierto es que en algunas manifestaciones artísticas es más fácil corregir que en otras. En la escritura, tantas veces como uno quiera (lo que puede convertirse en un problema, si eres un obsesivo del lenguaje). En el dibujo es otra cosa. Puedes modificar, cambiar algo, pero si te pasas borrando, más vale empezar uno nuevo.

Por eso, vuelvo al estilo Sketching, porque plantea el dibujo manteniendo su naturaleza original, sin interferencias academicistas, sin necesidad de plantearse grandes retos técnicos ni generar expectativas. Tal vez, si los sketchers profesionales me leyeran discreparían de lo que pienso. Tal vez, defenderían su arte como algo que “parece” fácil; pero no lo es. Está claro que no. De hecho, considero que supone un reto mayor que dibujar de forma planificada, requiere mucho coraje y valor. A veces, cuando recorro museos y se exponen junto a las obras pictóricas consagradas los bosquejos previos que hicieron los artistas, advierto en los bocetos algo que en cierta medida se pierde en la obra final. Ese trazo puro, incontaminado. Una suerte de espontaneidad, de fuerza vital y primigenia, que solo en el boceto se capta con todo su esplendor y pureza.

Cada momento tiene su afán, como dice un amigo. Seguiremos dibujando con un “estilo” más estudiado y analítico cuando lo requieran ciertos planteamientos estéticos; pero también, seguiremos soltándonos la melena cada vez que surja el impulso, y tengamos el nervio y las ganas de seguirlo.







Tercer cañón. Desfiladero de los Gaitanes. Puente colgante. Pasarela de salida.