lunes, 18 de febrero de 2013

Violetas silvestres



 

   

El abuelo Salvador siempre tenía caramelos de La Pajarita y de Violetas que compraba en las bombonerías de la Puerta del Sol y de la Plaza de Canalejas cuando iba a Madrid. Luego, la abuela María Rosa nos los daba a los nietos cuando íbamos a su casa. 

Me encantaba aquella ceremonia, seguir a la abuela, como a hurtadillas, para entrar en su dormitorio, tan recogido, tan limpio, tan en silencio y en penumbra. La abuela María Rosa abría entonces con la llavecita dorada el portón de madera del antiguo armario, sacaba los caramelos y me los daba. Por aquel entonces aquellos caramelos me parecían demasiado duros y no apreciaba tanto su sabor como el ritual para conseguirlos y lo bonitos que eran. Los de pajarita, de colores brillantes y rectangulares, demasiado grandes para la boca de una niña; y los de violeta, pequeñitos y con la forma de la flor. Los de violeta eran los que más me gustaban, la textura empalagosa, el intenso aroma que desprendían cuando los saboreabas. Me parecía que comía perfume, y me encantaba.

Hace más de veinticinco años que no pruebo esos caramelos, pero el sabor y el aroma se han quedado grabados en mi memoria con la misma dulzura que se ha quedado grabado el amor de mis abuelos. Y eso me hace pensar que el aroma de las flores encierra el mismo misterio que el de los recuerdos de infancia; son frágiles y profundos, a la vez que intensos y llenos de fuerza.

Por eso hoy quiero regalarle a mi abuelo un ramo de violetas silvestres que, como los caramelos que él nos regalaba, me recuerdan siempre a él.

martes, 29 de enero de 2013

Un cálido invierno




Esta es la primera acuarela que hice de Selva. Encontrármela echa un ovillo sobre la pila de cuadrantes con la ropa de verano recién guardada me pareció una imagen irresistible.

Adónde irían las largas tardes rosáceas, los amaneceres naranjas, el olor a salitre y sal, las noches claras de salamanquesas trepando por los muros, el fresco parterre bajo la sombra de las glicinias, los pies descalzos y el tazón de gazpacho entre las manos, los nidos de mirlos, las bolas de papel rodando entre la hierba.

Dormitando sobre una montaña de vivencias estivales, diciendo adiós a su primer verano en casa. Preparando el corazón, para calentar con toda su dulzura, la llegada del invierno. Y en eso estamos ahora.

lunes, 21 de enero de 2013

Salamanquesa Amiga



  Fue una gran conquista. Hacerse amiga del miedo, por pequeño que éste sea, siempre es una gran conquista. Mi amiga Iris me ayudó. Yo no quería dormir en una habitación donde había una salamanquesa. ¿Y si en mitad de la noche me despertaba sobresaltada porque había caído sobre mi cara desde el techo? O lo que era peor, ¿y si la aplastaba al moverme y amanecía junto a un cuerpo yacente y espachurrado? Yo quería cazarla sin dañarla, sacarla de la habitación. 

Fue Iris la que me hizo entrar en razón. “Piensa que tú solo estás de paso, pero que ella vive ahí todo el año. Tú eres su invitada, y no va a hacerte nada”. El miedo se escabulló de mi cuerpo y se escapó por el ventanuco. Entonces me metí entre las sábanas, bajo el peso de las mantas. Me quedé mirando a la anfitriona de aquella habitación que, inmóvil junto al calor del radiador, también me miraba. Con solo estirar la mano hubiese podido tocarla. Pero no lo hice, me limité a sonreír. Me sentí bien recibida, le dije buenas noches y le di las gracias. Luego apagué la luz y cerré los ojos confiada. 

Así fue como una salamanquesa se convirtió en amiga  y veló por mis sueños aquella noche, en una habitación que es una buhardillada en lo alto de una montaña.